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Reconozco que, según en qué momento, es incómodo tener una conversación conmigo. Les debe pasar sobre todo a los que creen que lo tienen todo muy claro sobre cómo están las cosas dispuestas, o incluso, sobre cómo son ellos mismos. Puede resultar incómodo porque para ellos todo está claro, el mundo es así, desde siempre, la vida funciona como nos han contado y como después hemos podido comprobar por nosotros mismos. Igualmente, cuestionarte cosas no tiene nada que ver con cuestionar a los demás.

Si son tus creencias las que determinan tu realidad, y no al revés, entonces siempre vas a corroborar al pie de la letra aquello en lo que crees, en lo que te han educado, lo que te han transmitido tus mayores, lo que llevas silenciosamente impreso en tu ADN. Y si nunca has sentido la necesidad de cuestionarte las cosas es normal que todo lo tengas tan claro y que estés tan segura, o tan seguro, de que las cosas son como son, de que tú eres como eres y, puede que hasta, de que no hay nada que hacer al respecto, salvo seguir las reglas del juego.

Cuestionarte absolutamente todo te puede conducir a sentirte perdido, ya que comienzas a ver la vida desde otro punto de vista. Es como si nada tuviera sentido, ese sentido que nos han contado que deben tener las cosas, esa forma de ver la vida sobre los raíles que desde niño han construido para nosotros y por donde nos han enseñado a recorrer el mundo.

Cuestionarte los convencionalismos

Nos subieron al tren de los convencionalismos sociales, culturales, familiares; y en él recorremos el mundo a través de las vías fijadas para tal propósito. Es un tren rápido, muy rápido, y dentro de él nos movemos con una sensación de libertad que sólo es aparente. Tiene muchos vagones y en cada vagón conocemos a muchas personas, y todo mientras el tren recorre el mundo por sus vías. Algunas personas, que comienzan a tener interés por lo que ven más allá de las ventanas, se sientan cerca de alguna y miran melancólicas el paisaje, poniendo su mano en el cristal, como queriendo tocar aquellos árboles, deseando descubrir qué hay más allá. Otros, compañeros de vagón, les miran y les advierten que salir del tren solamente lo hacen los locos, pues dentro de cada vagón tienen todo lo que necesitan. El tren para en numerosas estaciones, donde muchos suben (sobre todo niños y jóvenes), y muy pocos bajan, no sin recibir advertencias de los terribles peligros que te puedes encontrar fuera.

Cuestionarte las cosas de forma sana no es más que eso, descubrir. Comienzas a caminar rutas que sólo conocías desde la distancia y un cristal de por medio y te sorprendes de cuántas personas encuentras. Personas que saben lo que es curiosear el camino sin más leyes que las de la Naturaleza, sintiéndose libres. Siguen subiéndose al tren de los convencionalismos, pues les es útil para recorrer ciertas distancias, mas entran y salen de él siempre que así lo sienten, pues esas vías sólo permiten ver una parte muy reducida de la vida.

Antes de terminar me gustaría que echarais un vistazo a este vídeo que, al margen de dramatismos en los que no creo, explica cómo nace un paradigma, que no es más que un modelo que se sigue y nunca has llegado a cuestionarte.

Cuando me dicen que cuestionarte absolutamente todo no es sano, que así no se puede vivir, me doy cuenta de que cada vez necesito menos respuestas. Son las preguntas las que se me aparecen y dentro de cada persona está la o las respuestas, no hay una correcta. Incluso no responder también es una respuesta. El camino no es rígido, es flexible, fluye como el agua en un riachuelo. Recorrer el mundo solamente por las vías de ese tren es una elección que muchos escogen, a veces automáticamente y otras no. A mí me merece la pena bajarme en cada estación y hablar con esas personas que vienen y van, que han visto cosas que nadie podrá ver desde la ventana de ningún tren. E incluso pedirles que me lleven allí donde han ido y conocer. Descubrir algo más de lo que nos habían contado.

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