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El ego según Eckhart Tolle
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¿Se puede encauzar el amor? ¿Es posible reprimirlo? ¿Se puede clasificar o etiquetar? En otros posts he hablado de que todas las emociones, sentimientos, pensamientos y comportamientos tienen su origen en el amor o, en su defecto, la falta de amor, el miedo. Hoy quiero hablar del amor en las relaciones entre nosotros. Lo primero que me viene decir es que, muchas veces, cuando usamos la palabra ‘relación’ es para referirnos a una pareja.

Nos topamos con el primer convencionalismo, relación = pareja. Ya lo dice el refrán: “cada oveja con su pareja”. “Tengo una relación”, ¿sólo una? En realidad, tenemos una relación por cada persona que conocemos. Algunas relaciones duran un segundo, otras son desde el momento en el que naces… Relaciones laborales, de amistad, de amor, de conveniencia… Todas son relaciones y en todas está presente el amor en sus diferentes grados y formas.

Igual que nos ocurre con la palabra ‘relación’, cuando hablamos del amor, por lo general, lo primero que nos viene a la cabeza es la historia de película, una relación con mayúsculas. Pero el amor tiene muchas formas de manifestarse: amistad, fraternidad, confianza, respeto, generosidad, compañerismo, cariño… Hay muchas maneras de querer y parece que reservamos ese amor con mayúsculas sólo para nuestra pareja. Pero, ¿se puede convertir el amor en algo unidireccional? Me gusta utilizar el simbolismo en el que el amor es la luz y sabemos que un rayo láser es un haz de luz que sólo transcurre en una única dirección. Sí pienso que podemos reservar el amor con mayúsculas a una sola persona, convertir a nuestra pareja en la relación con más privilegios en cuanto a amor se refiere. Pero, ¿a qué precio? ¿Somos conscientes de todo lo que llegamos a reprimir?

Los convencionalismos sociales y culturales en la mayoría de los lugares del mundo han colocado al ser humano en la posición de la monogamia y la fidelidad. Está mal visto ser, lo que las normas llaman, infiel a tu pareja. Incluso está mal visto llegar a cierta edad sin pareja o pasar de cierta edad y separarse. Existe una manera ideal de vivir para lo convencional y es la de estudiar, trabajar, tener una pareja, casarte, comprarte una casa, tener hijos, trabajar, trabajar, trabajar, tener nietos, trabajar y, con un poco de suerte si la salud te acompaña, disfrutar de tu jubilación con tu pareja y tu familia hasta que llegue tu hora.

Cuando no tenemos pareja pueden ser varias las personas que nos atraen y llaman nuestra atención, es natural. Cuando empezamos una relación de pareja parece como si esa capacidad de fijarnos en los demás se inhibiera por arte de magia y le diéramos todo el amor que tenemos, o al menos ese grado máximo de amor con mayúsculas, dejando las manifestaciones menos intensas de amor para los demás. Teniendo pareja hay cosas que ya no está bien que hagamos con según quien.

Cuando hagamos o no hagamos algo, preguntémonos si es porque nos apetece o por las normas que nos lo imponen. No somos consciente del precio que tarde o temprano pagamos por no ser coherentes con nuestros deseos. Nos hemos olvidado de nuestra parte animal, que es mucho más poderosa que nuestra parte racional. Sólo que ésta última tiene la habilidad de reprimir, enmascarar. Lo que en el psicoanálisis se llama desplazar los impulsos.

“Nos escondemos para hacer el amor y la violencia se practica a plena luz del día” John Lennon

Cuando empiezo a hablar de nuestra parte animal y de no reprimirse, en seguida a muchos os vendrá a la mente la palabra ‘salvaje’, seguramente como algo peyorativo. Vivimos acorde a las normas impuestas y los juicios son esos vigilantes incansables. Se encargan, a través de la culpabilidad, de que todos hagamos “lo que tenemos que hacer”. El sexo es un tema tabú, incómodo para la gran mayoría de nosotros. Practicar sexo con muchas personas está mal visto y practicar sexo fuera de tu pareja está condenado socialmente. Incluso si existe un acuerdo entre la pareja.

Hablo de dar cariño a alguien a quien estás deseando dárselo sin antes pensar si lo que estás haciendo está bien o mal, sólo porque tienes pareja. Cuando no tienes pareja no te lo preguntas. Controlar el amor que nace de dentro de ti en cualquiera de sus manifestaciones genera en nuestro interior una serie de procesos de los que no somos conscientes y cuyos resultados más tarde achacaremos a cualquiera otra cosa que no tendrá nada que ver, posiblemente externa.

La mayoría tiene muy claro lo que es la infidelidad. Realmente es algo relativo, dentro de un acuerdo entre los miembros de la relación. Pero hay otro tipo de infidelidad, la infidelidad con uno mismo. Estamos tan pendientes de seguir las normas que le damos más importancia a la infidelidad externa que a la interna. Estar con quien no quieres estar y no estar con quien quieres estar es un buen ejemplo de incoherencia. Muchos se preguntan si el hecho de que tu pareja piense en estar con otra persona ya es infidelidad. En mi opinión, esa persona está siendo infiel, pero no a su pareja, sino a sí misma. ¿Tiene sentido vivir siendo infiel a uno mismo?

Elecciones supuestamente libres

“Yo elijo la monogamia y le guardo respeto a mi pareja”. Es un ejercicio muy incómodo el de cuestionarse de dónde nacen nuestras elecciones. Y más incómodo todavía tomar conciencia de que nuestras elecciones están condicionadas por muchos factores. Es cuando nos preguntan por qué y respondemos cosas como “porque sí”, “porque tiene que ser así”, “porque a mí me gustaría que me hicieran lo mismo”… Vemos detrás las normas sociales. Comportarse con alguien de determinada manera “porque a mí me gustaría que me hicieran lo mismo” es funcionar desde el miedo, no desde el amor.

Nos hemos convertido en guardianes de nosotros mismos. Seguidores de unas normas impuestas que son antinaturales y eso nos empuja a ser unos grandes mentirosos con nosotros mismos. Reprimimos, enterramos y miramos para otro lado con una gran habilidad, tan grande que ya no somos capaces ni siquiera de reconocerlo. Sólo los que practican el mirarse hacia ellos mismos tienen la capacidad de reconocer cuánto nos engañamos cada día. Incluso los más autocríticos o reflexivos no escapan del autoengaño, la autorepresión y el cinismo interior. Son muchos años de una constante programación por parte del entorno.

Manifestar amor nos hace fuertes

Sí, asusta el descontrol y seguiremos siendo vigilantes unos de otros. Seguiremos juzgando todo lo que hacen los demás y, sobre todo, lo que hacemos nosotros mismos. Seguiremos renegando de la Naturaleza y nos agarraremos a lo que diga la sociedad, que para algo nos ha convertido en los seres miedosos que somos ahora. La esperanza está en el amor y en las personas que no sólo tienen facilidad para decir lo malo a los demás, sino también lo bueno. La esperanza está en los que creen firmemente que mostrar o hablar de amor no es un signo de debilidad ni de idealismo.

Decir algo a alguien, sea quien sea, con educación y con respeto. Que no es lo que se hace, sino desde donde se hace. Y recordando eso tenemos la posibilidad de funcionar desde el amor y no desde el miedo. No nos sintamos amenazados por mostrarnos porque, como siempre me gusta decir, al final nunca fue para tanto.

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